Estelas (y desencuentros)
MATT ELLIOTT - the Kursk
Pasaron casi una hora sin hablar, o por lo menos sin decir nada de importancia, pensativos, en ese silencio que tanto inquietaba a Martín. Las frases eran telegráficas y no habrían tenido ningún sentido para un extraño: “ese pájaro”, “el amarillo de la chimenea”, “Montevideo”. Pero no hacían proyectos como antes, y Martín se cuidaba de aludir a cosas que pudieran malograr aquella tarde, aquella tarde que él trataba como a un enfermo querido, ante el cual hay que hablar en voz baja y al que hay que evitar el menor contratiempo.
Pero ese sentimiento -no podía dejar de pensar Martin- era contradictorio en su misma esencia, ya que si él quería preservar la felicidad de aquella tarde era precisamente para la felicidad; lo que para él era la felicidad: o sea, estar con ella y no al lado de ella. Más todavía: estar en ella, metido en cada uno de sus intersticios, de sus ideas; dentro de su piel, encima y dentro de su cuerpo, cerca de aquella carne ansiada y admirada, con ella dentro de ella: una comunión y no una simple, silenciosa y melancólica cercanía. De modo que preservar la pureza de aquella tarde no hablando, no intentando entrar en ella, era fácil, pero tan absurdo y tan inútil como no tener ninguna tarde en absoluto, tan fácil y tan insensato como mantener la pureza de un agua cristalina con la condición de que uno, que esta muerto de sed, no la ha de beber.
Me parece curioso lo bien que le van las canciones de Lady Gaga al rock melódico incluso al metal más duro.
Poker face:
Bad Romance:
Alejandro: